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Al matadero

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Y mira que me resisto, pero el otro día no pude, fue imposible. Me arrastraron. Y ahí me presenté, en una gran superficie comercial dedicada al bricolaje, al hágalo usted mismo. Será que soy absolutamente inútil para las manualidades o será, quizá, que he desarrollado una particular visión de las cosas. Pero a mí, que me hagan dar una toda una vuelta entera por un lado y luego otra vuelta por otro y luego otras más para llegar a la zona de cajas pues, que quieren que les diga, como que me imagino que me están pastoreando y eso no me gusta demasiado.

Y luego ya, después de tanto y tanto mirar, después de pensar y decidir, llegamos a la zona de cajas y veo una cola gigante junto a unas barreras metálicas. Al fondo unos números que se iluminan y una voz. “Diríjase a la caja 2”, “Diríjase a la caja 5” mientras otras personan se afanan en cobrarse ¡¡ellos mismos!! y pagar con tarjeta. Dice mi coaching que soy una persona muy visual, no se. Pero en ese momento se me vino una imagen de los grandes mataderos industriales en Chicago, Estados Unidos. Allí, donde las vacas estabuladas, todas ordenaditas y sin rechistar, van entrando por carriles preestablecidos, por donde los ganaderos quieren que entren. Quizá por eso tal aversión a ese tipo de centros.

Al final somos todos animales que van al matadero: en los grandes centros comerciales, en los atascos de las carreteras que entran o salen de la gran ciudad, cuando metemos una papeleta en una urna sin saber lo que hacemos, cuando pagamos una pasta por ver de corto a veintidós millonarios mientras nosotros no llegamos a fin de mes, cuando firmamos una jodida hipoteca a treinta años…como las vacas, sin pensar y sin rechistar.

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