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Ayer mismo

Ayer estaba llorando. Lloraba como si no hubiera un mañana y, es curioso, ahora no recuerdo bien porque razón. Tal vez porque que me sostenían por los pies y me daban un par de azotes en el culo; tal vez. Ayer jugaba con mis amigos, corría y reía y, qué quieren que les diga, tampoco había un motivo específico. Simplemente disfrutaba de correr, del viento en la cara, del sudor y de la ropa manchada por el verde del parque. Caí extenuado, con la felicidad marcada en mi rostro. Dormí como un bendito. Ayer me agarré a la mano de mi padre y mi mundo se llenó de seguridad y sentido. Las nubes grises desaparecieron como por arte de magia. Ayer leí mi primer libro, la historia de un poeta y un burrito. “Platero y yo” se llama. Terminé llorando. Ayer estuve estudiando con fastidio. Me costó concentrarme. Mi menté se entretenía más con la película de piratas que había visto el día anterior que con las matemáticas que tenía en el libro abierto, sobre la mesa, delante de mí. Ayer me fui a la cama fastidiado pensando que volvía el lunes, pero también me fui con un motivo para estar contento. Mamá me dijo que ese día iba a hacer tortilla de patatas, sin duda la mejor del mundo. Ayer conocía a una chica y di mi primer beso; ayer, en fin, me da no se que contarlo, pero ya se lo pueden imaginar… Hice tanto, tanto ayer. Me pasaron tanto cosas bonitas como feas y dolorosas. Todas forman parte de mí. Hoy me he despertado. El calendario dice que cumplo 50 años. Habrá que obedecerle. Pero les juro que todo, todo lo que les he contado, y otras cosas que me he dejado en el tintero, me ocurrieron ayer, ayer mismo. De verdad. Lo juro. No se como ha podido ocurrir.

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