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El burro

Suele pasar que muchos fines de semana recurro al coche para ver el verde. Que hago kilómetros sin brújula para contemplar los campos, los árboles, para escuchar el sonido de las fuentes. Veo pueblos solitarios donde el único sonido es el ladrido de algún perro, donde siempre hay un gato aprovechando un rayo de sol, un paisano paseando o una caseta humeando en algún huerto lejano.

Vuelvo a casa con una pizca de melancolía por la soledad que contemplo pero, aunque pueda parecer contradictorio, regreso con alegría porque a uno le da la sensación de haber visto la vida “de verdad”. El campo siempre te “carga las pilas”. Este fin de semana volví a hacer lo mismo. Iba a entrar en un pueblo y lo vi, justo al lado de la carretera lo vi. Tuve que parar a jugar con él. Vino corriendo hacia mí.

Hablé con su dueño y me comentó que ya quedan pocos, que se tienen por diversión, que no hay animal más bueno en el mundo. Me mordió el abrigo porque siempre quiere algo de comer. Esperaba que le diera una manzana o un terrón de azúcar. Dijo que le enloquecen las zanahorias. Sentí no llevar nada encima para dárselo.

Y mientras acariciaba su pelaje me acordé de Platero, del rucio de Sancho Panza, de Fray Perico y su borrico..de tantos burros que nos han acompañado a lo largo de la Historia en nuestras tareas. Le di las gracias y le pedí perdón, porque muchas veces no les hemos tratado todo lo bien que se merecen. Continué acariciando al burro un rato largo hasta que me metí en el coche y arranqué. Llevaba una sonrisa en la boca, el alma un poco más ancha y la energía por las nubes.

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