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El invierno de los vulnerables

Fue aquí, en España, en lo más crudo del crudo invierno. Cuando arreciaban los efectos de la estafa del 2008. Cuando echaban a la gente de sus casas y se multiplicaban, sí, los suicidios por motivos económicos. Cuando los comedores sociales se llenaron y se vio a gente revolver en los cubos de la basura. Yo lo vi. Contemplaba cada día al encender la televisión ejércitos de desahuciados ingresar en la calle, de un día para otro. Vi mendigar, apenas unas migajas para poder pagar la factura de la luz, vi dormir bajo un puente a familias enteras cerca de barrios bien.

Sin embargo, con todo, lo que más me conmovió fue la confesión de una profesora. Me dijo que, al principio lo confundían con debilidad, con apatía en el recreo. Luego se dieron cuenta de que el verdadero problema de los pequeños con cara lánguida que apenas jugaban era otro más crudo: tenían hambre. Incluso, me confesó, llegó a ver peleas con otros niños por un simple bocadillo. Sus familias no los podían alimentar. Los pequeños, la gente lo pasó muy mal. Ahora parece que la cosa se ha normalizado. ¿Parece? Si de verdad queremos ver la pobreza, la encontraremos. Veremos familias que no llegan a fin de mes, que tienen que optar por pagar la luz, el alquiler o destinar el dinero a comer. Pero, déjenme por favor que vuelva a los más pequeños, a los más vulnerables.

Hace escasas fechas el Defensor del Pueblo andaluz presentaba un informe demoledor. Casi 700.000 menores de 18 años están en riesgo de pobreza o exclusión social en esa comunidad. Cerca de la mitad de los niños y niñas de Andalucía corren el riesgo de ingresar en la franja que marcará su expulsión de la zona cálida de la sociedad, la que te garantiza comida, casa, sanidad y formación. La situación, dice, es estructural y ha empeorado en los últimos años. ¿Y en el resto de España? Más de 2,7 millones de niños y adolescentes viven en hogares con bajos ingresos. El invierno sigue encima, sobre todo de los más vulnerables. Aún esperamos que llegue la primavera.

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