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La riqueza

Yo he tenido París a mis pies. Desde Montmartre y la Torre Eiffel, la Ciudad de la Luz se me ha rendido cual si fuera el emperador de los sueños. He recorrido la capital del antiguo imperio austrahúngaro en bicicleta, desde sus palacios hasta el inmenso jardín del Prater. He tanteado los restos del muro de Berlín, he recorrido los canales de Amsterdam y los parques de Londres. Yo he hollado los suelos de ese país alpino, bajo el cual se esconde el dinero sucio de todos los dictadores y sátrapas del mundo.

He dormido en parques, en estaciones y en trenes nocturnos para ahorrarme el alojamiento y he comido de latas de conserva durante semanas. He lavado mi ropa interior en una bañera por la noche y la he llevado colgando de la mochila al aire, sin pudor alguno, para poder usarla al día siguiente. Probablemente haya comido carne para perros, porque mi desconocimiento del húngaro me hizo confundir una cosa con otra.

He tomado cerveza en la calle aprovechándome del ruido de un concierto privado. He pasado hambre una noche, para atracarme en el desayuno del día siguiente. Tendría entonces veinticuatro años y jamás, jamás me he sentido tan libre como entonces. Tampoco me he sentido tan rico. Tenía muy poco, pero casi no necesitaba nada.

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