Home » La escasez

La escasez

He leído estos días unas declaraciones de cierto economista advirtiendo que España se acerca, de nuevo, al abismo. Que los españoles salimos a la carretera y tomamos la playa en masa porque sabemos, en realidad, que este es el último verano. Que después viene la hecatombe. Al margen de que lleven o no razón (que bien pueden llevarla), me molesta bastante el aire catastrofista de ciertas declaraciones apocalípticas. Yo, sinceramente, no tengo miedo. No lo tengo porque, en cierto modo ya lo he vivido. Y que conste que soy un privilegiado. Pero ya he visto como no había que romper las botellas de vidrio, porque sino la leche o el vino, al día siguiente, costaban más. He visto como la primera tarea del curso era forrar primorosamente los libros para que te duraran todo el curso y he heredado los libros de otros, así como otros han heredado los míos. También me he puesto pantalones que se les habían quedado pequeños a mis primos. Mi madre me remendaba calcetines y le ponía coderas a los jerseys y rodilleras a los pantalones y, cuando ya tenía edad para ir a hacer recados, me mandaba a “coger” las medias (a remendarlas). Y que quieren que les diga, yo era feliz, muy feliz. Cierto es que era un niño y no me daba cuenta de los apuros que pasaban lo mayores, pero no les veía yo muy agobiados por no poder estar a la última. Si acaso, por lo que se agobiaban era cuando les venía el gasto extra de los libros de la escuela (la cultura, lo primero). Y si ese año no se podía ir ser vacaciones, pues no se podía y punto. Había otras prioridades y, la primera era hacerte un hombre o una mujer de bien, educado, culto, trabajador, con valores.

Con menos

Hoy he leído en las redes sociales una sentencia de un escritor al que entrevisté y me dejó impresionado. Se llama Salvador Robles Miras. Dice “Los que hemos vivido en un hogar pobre (y sobrado de dignidad), no le tenemos miedo a la escasez”. Mi padre, que nació en 1941, siempre dice que él no pasó hambre, pero que jamás pudo elegir lo que comer… Y trabajó duro desde la escuela; mi madre también. Yo Salvador, gracias a ellos no he sido pobre, mis abuelos sí lo fueron, pero de todos, de mis abuelos y mis padres, aprendí una forma de sana austeridad, de aprovechar lo que había y ser tener poco aprecio a las cosas materiales. Por eso no tengo miedo. Uno puede ser feliz, incluso más feliz, necesitando menos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.