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La muerte y la alegría

Las gruesas gafas de pasta no pueden ocultar su atractiva madurez. Está inclinando ligeramente a un niño sobre la pila bautismal. Tiene miedo de que se le caiga. Desde anoche he mirado esa foto una y y otra vez. Hace casi cincuenta años. Yo soy el pequeño que sostiene en brazos y ella, ella se fue anoche después de unas semanas de agonía. Las últimas horas las pasé en su habitación pero no, no fueron tristes. Fue algo natural, era un alma despidiéndose de un cuerpo, una carcasa material que ha vivido tanto. Alguien que ha repartido risas y sonrisas, que ha enseñado en su escuela a tantos niños y niñas. Un mujer que, con todos sus defectos, ha generado en los demás un innegable recuerdo positivo. Después de su fallecimiento me encargué de todo el proceso: los tediosos trámites con el seguro, la funeraria, el servicio religioso, ¿elegimos inhumación o incineración?.. Y cuando todo terminó me sentí feliz, muy feliz. No lloraba por la pérdida de una persona, me di cuenta de que estaba celebrando la vida de alguien a quien había querido. Por eso, tal vez, no tenía derecho a estar triste. Estaba contento, porque había tenido el honor de formar parte de sus vivencias. Durante el velatorio los allegados enumeramos anécdotas y esbozamos sonrisas recordando a la recién fallecida. En ese momento me di cuenta de lo que realmente importa en la vida: dar, sonreir, saludar, abrazar con fuerza, generar felicidad y alegría en los demás. Amar, en definitiva. Es lo único que nos vamos a llevar y lo mejor, de verdad, lo mejor de todo lo que vamos a poder dejar. No se, será algo mío. Muchas gracias por leerme.

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