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La obligación de ser felices

Una de las cosas buenas de cumplir años, que es la forma estilosa de decir “envejecer”, es que vas soltando lastres. Y uno de los principales es la obligación de ser felices, la imperiosa necesidad de serlo en cada segundo de nuestras vidas. La frase no es mía, no se vayan a creer, yo sólo soy un mero plagiador de ideas. Pero centrémonos en lo concreto. Cuando uno es joven percibe los momentos de infelicidad como una pérdida de tiempo, como una auténtica tragedia…hay que vivir con urgencia, hay que disfrutar rápido, hay que aprovechar el momento. “Carpe diem”. Bendita juventud. Sin embargo los años cambian el color del cristal con el que miramos la vida y la infelicidad, con ser algo a evitar, se percibe de otra forma. Los días tristes se viven con serenidad sabiendo que, de una u otra forma, se pasarán. Y de ellos sacaremos enseñanzas que nos servirán para continuar nuestro día a día.

Ganar y perder

Es un poco aquello que dicen los psicólogos deportivos: cuando gano disfruto, cuando pierdo, aprendo. Ahora estoy pasando por una de esas épocas de tristeza, melancolía, qué se yo y no, no se crean que lo disfruto, pero me sirve para autoconocerme un poco más, para reconocerme como persona. Porque uno es el que es según la suma de sus momentos de trabajo, de ocio, de sus instantes de alegría, de euforia y decepción, de amor y desamor. También de infelicidad. Uno es la persona que es también según la respuesta que de a aquellos momentos en los que parece un triunfador o se le queda una cara de tonto que no puede con ella. Y con el tiempo, con los años, vamos afinando, vamos serenando las respuestas a todo ello. Y nos liberamos de la obligación de ser felices ¿o no?

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