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La sombra de los árboles

Creo que ha sido en Linkedin, o quizá en Facebook, donde he leído recientemente una sentencia que no ha dejado de resonar en mi cabeza. Palabra más, palabra menos venía a decir lo siguiente. “Aquel que planta un árbol bajo cuya sombra sabe que no se sentará comienza a comprende de qué va esto de la vida”

Hoy, en el grupo de wataspp del pueblo hemos recibido con consternación las fotos de la tala de los árboles de la fuente. Eran unos chopos centenarios, a cuya sombra nos hemos sentado generaciones y generaciones de chicos y chicas, de hombres y mujeres cuando íbamos con el botijo a recoger agua, cuando íbamos de paseo, a los huertos…Unos árboles enormes bajo los cuales reparábamos de niños los pinchazos de las bicicletas o, qué se yo, escuchábamos el sonido del agua en las noches de verano.

Tenían muchos años y estaban enfermos, podridos ya por la base. El tiempo pasa también para ellos y a ese olmo seco, aunque aún le salían las hojas verdes, no se ha querido esperar un milagro de la primavera, cómo decía Machado. Podía haberse caído sobre alguien en algún momento. Ahora toca volver a plantarlos. Con ilusión y alegría, con mimo y con cuidado. Toca volver a poner la semilla para que crezcan y reverdezcan, para que sus ramas brinden descanso a los pájaros, para que nos den oxígeno.

Hay que replantar para que los chicos y chicas, los hombres y mujeres vuelvan a sentarse bajo su sombra a descansar, a hablar, a huir del calor, quizá a hablar de amor. Seguro que nosotros no disfrutaremos de esa sombra, como tal vez los que sembraron los árboles hoy cortados tampoco se sentaron bajo la inmensidad de sus copas. Es lo precioso de la vida: sembrar para otros.

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