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Las heridas del alma

Hace poco estuve visitando a mi psicóloga. Estuvimos hablando largo y tendido hasta que, en un momento dado, me invitó a abrazarme. Ante mi estupor me pidió que cruzara los brazos sobre mí mismo dándome pequeñas palmaditas en los hombros. Debía cerrar los ojos e imaginar que estaba abrazando a un niño pequeño, concretamente al niño pequeño que fui y que, lógicamente, ya nunca volverá. Mientras lo hacía surgían en mi mente numerosas imágenes de mi infancia, momentos en los que creí haber hecho algo mal y fui reprendido por los mayores. La voz de mi psicóloga me decía “quiero que le digas a ese niño que fuiste que le quieres, que todo está bien, que no tiene la culpa de nada”. Y mientras me daba pequeñas palmadas, me imaginaba abrazando a ese pequeño que, en algún momento, se sintió desvalido. Le decía, me decía a mí mismo, “te quiero”, y tal y como me está ocurriendo ahora mientras escribo estas líneas, las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos. Cuando terminé me sentí bien, muy bien, enórmemente liberado. Con esta historia no quiero quitarle el puesto ni el protagonismo a los profesionales de la salud mental, al contrario. Pretendo contar mi experiencia, que es mi día a día. Voy a consulta de psicología, de psiquiatría y de coaching. Y amén de mis relaciones personales, si soy quien soy es por esas tres mujeres (sin mi coaching, por ejemplo, jamás hubiera vuelto a escribir). No dejéis, por favor, que nadie ni nada os impida luchar por una mejor salud personal. Y pensad que esa salud no es sólo física, también es mental. Las heridas no están únicamente en el cuerpo, el alma las sufre igualmente. Y se curan, por supuesto. Un abrazo a todos.

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