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Queridas mayores

Tendría ya más de 80 años cuando Prudencia Sotoca me contó, una tarde de paseo en su pequeño pueblo, la que consideraba la mayor tragedia de su vida: no haber aprendido a leer ni escribir. Era la mayor de cinco hermanos, tenía a su padre enfermo, fueron épocas de escasez…Luego llegó la maldita guerra («la guerra de España» la llamaba ella) y se quedó sola, con un niño pequeño, mientras su marido fue reclutado a la fuerza. No, no había tiempo ni gente que le enseñara las letras. Mientras me lo contaba, camino de su huerto, se paró mirando al frente. “Me prometí a mí misma que, por mucho que pasara, a mis hijos no les sucedería lo mismo que a mí, ellos aprenderían a leer y escribir, a sumar y restar”. Quizá pueda parecer pequeña esa promesa, pero para una mujer de su edad, alguien que vivió una guerra, que trabajó toda su vida en el campo y que pasó épocas de penuria, saber que leer y escribir era la llave para una vida mejor era ser una mujer sabia, y por supuesto, no era un reto pequeño. Era mayúsculo. Lo cumplió con creces y se lo agradecí. Uno de los tres hijos que parió es mi madre.

En Irán las mujeres llevan más de un mes protestando por la muerte de Mhasa Amina. La mataron tras detenerla por llevar mal puesto el velo. Las jóvenes han perdido el miedo y, en un acto simbólico, se lo han quitado como protesta, como un desafío a un régimen que consideran represivo. Uno de los gestos más conmovedores y, a la vez más hermosos de los primeros días de este movimiento, vino de la mano de una señora ya mayor. Se la vio en una foto manifestándose junto a las más jóvenes. Ella también se quitó su “hiyab” y mostró al viento, a su país y al mundo su pelo encanecido. “A mí ya me da igual” vino a decir la mujer “pero no estoy dispuesta a que mis nietas, ni las nietas de nadie, sigan pasando por lo que yo he pasado”.

Esta abuela, como la mía, se resignó en su tiempo, pero no quiere que a las suyas les pase lo mismo. Sabe de la importancia de mirar más allá para evolucionar, aunque ella se quede ya estancada. Hace tiempo escribí aquí sobre los árboles. Recogí una frase que decía que “Aquel que planta un árbol bajo cuya sombra sabe que no se va a sentar comienza a comprender de qué va esto de la vida”. Las abuelas no necesitan comprenderla, porque saben muy bien qué es, por eso plantan semillas que germinarán mucho, mucho tiempo después y sin las cuales nosotros no seríamos absolutamente nada. Gracias viejitas, por estar siempre a nuestro lado. (también a vosotros)

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