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Un aroma

Esta mañana me he quedado dormido. No ha sonado el despertador. Me he levantado de un salto, me he duchado rápido, me he afeitado y me he vestido de aquella de las maneras. Me he puesto el abrigo, he cogido la mochila, la cartera, el móvil, las llaves y, al entrar a la cocina para despedirme … ¿Recuerdan “Big Fish”, aquella maravillosa película de Tim Burton, donde el tiempo se detiene? Pues el mío se ha parado, se ha congelado y he viajado a Olmeda de las Fuentes, un pequeño pueblo a las afueras de Madrid. Un precioso municipio de casas blancas enclavadas en la pendiente de una suave montaña. El lugar, idílico a todas luces, se ha ganado el apelativo del “pueblo de los pintores”.

Es la residencia de gran número de personas dedicadas a las pinturas y otras artes. En 1564 la localidad era distinta, muy distinta, tanto que no se llamaba “de las Fuentes”, sino “de las Cebollas”. Ese año nació allí un niño, de apellido Páez, al que el pusieron por nombre Pedro. Con el tiempo se convertiría en misionero jesuita. Entre las hazañas que jalonaron su existencia está la de ser el primer europeo en contemplar las fuentes del Nilo Azul.

Cuando he retornado de este viaje mental e instantáneo mi casa aún estaba envuelta en un maravilloso aroma a café. Una nube invisible pero perfectamente presente a nivel olfativo. Un olor a café que te acuna, que te alegra la vida, que te obliga a cerrar los ojos y aspirar fuerte. Un aroma del que no puedes sustraer una pausa, por mucha prisa que arrastres. Aquel jesuita de Olmeda, Pedro Páez fue el primer europeo que dejó una referencia escrita sobre el café, câhua se llamaba. Fue en 1622. Hoy todos los días se beben entre 1.600 y 2.000 millones de tazas de café en todo el mundo. La mía estaba deliciosa. Gracias don Pedro.

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