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Una Mirinda

Buenos Aires es una ciudad gigante, superlativa. Oficialmente sólo alberga tres millones de almas, pero si contáramos todo el Gran Buenos Aires la cifra se iría más allá de los 17 millones. ¡Sería una de las 20 ciudades más grandes de todo el planeta! Una de sus arterías principales, la Avenida 9 de julio, es considerada la más ancha de todo el mundo. ¡140 metros, qué locura! Buenos Aires tiene un mar imaginado, el río de la Plata. ¡221 kilómetros de una orilla a la otra! ¡Impresionante! Pero, con la grandeza de sus cifras, la capital argentina tiene cosas que, a ojos de los españoles, la hacen más pequeñita y, a la vez, más y más grande. Que curioso.

Y es que, tan lejos en la distancia, uno se siente cerca, muy cerca. Sus barrios y parques, sus librerías, sus mercaditos y tiendas de viejo le hacen sentir a uno como si estuviera en su propia casa. Como si anduviera en bata y pijama por el mismo pasillo. Estamos tan familiarizados con Evita, con Perón, con Borges, Gardel y Maradona… Conocemos la calle Corrientes, hemos leído a Cortázar, sabemos de La Boca y nos acordamos, aún nos acordamos, de aquel primo segundo que emigró. Además, allí aún fabrican cosas que hace años acá dejamos de hacer.

Sí, también la Argentina es un refugio de nostalgia para los españoles. “¡Che gallego, ¿cómo le fue el viaje?” …me decían a cada paso cuando me reconocían el acento en mi primer viaje. “Le estamos tratando bien?”, me preguntaron en una tasquita a la que entré por tomar algo. Vio que se me caía una lágrima. No debió notar que era de emoción. “¿Tomará algo el señor?”  Estaba a 10.000 kilómetros de casa, pero era como si estuviera en el bar de mi barrio de siempre. Y no dudé, pronuncié esa frase que llevaba más de 30 años queriendo salir de mi boca. “Una Mirinda, por favor”

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