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La furgoneta

Yo también soñé en tener una furgoneta, de esas Volkswagen, hippies, mitad blanca y mitad de color. Soñé con pintarla con el símbolo de la paz y poner en las ventanas manteles de colores sin importarme si eran o no bonitos. Yo también soñé en ir por los carreteras del mundo a lomos de mi furgoneta con el viento acariciándome la cara. Y aparcar en playas, bañarme desnudo a la luz de la luna e imaginar vidas perdidas en pueblos abandonados.

Yo soñé que pintaba el arcoiris que veía a través del parabrisas de mi furgoneta cuando conducía hacia el sol dejando atrás la llovizna. Yo, en definitiva, también soñé en lanzarme con ella contra los molinos de la prisa, de las hipotecas y las convenciones sociales. Soñé que mi furgoneta me libraba, como decía Sabina, “del cuento del business” y me llevaba por esos paisajes que sólo existen en el país que limita con la cordura y la locura.

Ahora, después de tantos años, después de tanto sueño abandonado, de tanta rendición para pasar bajo el aro, me he comprado una. Está en muy mal estado, pero la estoy restaurando, poco a poco. Lo primero ha sido comprar un bote de pintura negra y ponerle el nombre: RO CI NAN TE.

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